Goërg y Türgyn

Goërg y Türgyn

Dec 05, 2022

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- Vuela, vuela... recupera lo que es mío... pequeño esbirro-. Masculló Goërg mientras acariciaba su retorcido anillo en forma de calavera de cuervo.


Türgyn ladeó la cabeza y parpadeó con su ojo sano, emitió un agudo graznido y desplegó pesadamente las alas antes de coger impulso con sus negras y nudosas garras sobre el hombro de su Señor. En un instante se encontró cortando el gélido y pútrido aire que envolvía el páramo del Valle del Espino negro. Adoraba el cosquilleo que le producían los jirones de viento colándose furtivos entre cada una de sus plumas, la adrenalina segregada con cada empellón del viejo Eolo que a cada embestida amenazaba con desgarrar su cuerpo contra las zarzas espinosas que se erguían retorcidas como la mentira y altas como montañas a los flancos del camino.


Una vez más Türgyn logró imponerse al obstinado capricho de los vientos y las densas brumas que engullían aquel maldito lugar. Abrió su pico y emitió un suave graznido mientras paladeaba el sabor dulzón de las nubes y la efímera libertad que le proporcionaban aquellas breves incursiones a las que su amo le tenía acostumbrado. Su pequeño corazón córvido, en otro tiempo humano, ansiaba más que nada en el mundo encontrar aquel condenado cáliz, la causa de su perdición y sometimiento al pestilente hechicero. Pero sabía que, si algún día era liberado, extrañaría sobre todas las cosas, esa extática sensación de plenitud. Se esforzó en apartar esos pensamientos y por afinar todos los sentidos mientras escudriñaba el terreno baldío que se extendía bajo sus patas con ojo inquisidor. Hacía tanto ya que no lograba recordar la sensación de disfrutar del paisaje con su vista intacta que aquella placentera sensación de amplitud en el rango de visión parecía esconderse timorata en algún rincón de su memoria. Sólo la impronta del terror y el miedo a la colérica reacción de su amo dirigían sus pensamientos pues ya conocía demasiado bien las consecuencias de desobedecer las órdenes del despiadado goblin.


Goërg observaba escrupulosamente el cielo desde el nauseabundo agujero al que forzosamente llamaban hogar. Masticaba afanado un trozo corteza de saúco y continuaba acariciando su anillo con vehemencia. Dibujó una desagradable mueca en su rostro y con un sonoro bufido soltó un pegajoso y negruzco esputo que quedó enredado como una telaraña de azabache líquido sobre los brotes de una débil mata de zarzas que asomaba a través del árido manto de pedregal bajo sus pies.


-Vamos, pequeño saco de huesos... hoy debe ser el día. Siseó entre los pocos y podridos dientes que aún se mantenían apuntalados, a duras penas, en sus amoratadas encías.


Comenzó a mover los dedos rápidamente trazando amplios círculos alrededor de la cabeza del anillo mientras murmuraba oscuras palabras, obscenos chasquidos de lengua y gorgoteos; de esos que arañan los oídos y erizan la piel al escucharlos. Su cuerpo comenzó a temblar en un angustioso traqueteo de huesos y harapos. Los ojos se tornaron amarillos en su totalidad y las pupilas se hundieron engullidas por un mar citrino. De la comisura de sus curtidos labios brotó un hilillo de negra pez y unas palabras sordas, casi ininteligibles:


-Soy aire, soy tu amo, ahora veo...


Arriba aún acunado por las nubes Türgyn comenzó a sentir el inconfundible ardor que estallaba y se abría paso a través de cada rincón de sus entrañas, el entumecimiento atroz de la conciencia y la imparable colonización de sus propios pensamientos que eran absorbidos por la total oscuridad.

Goërg había vuelto a tomar el control, su desmesurado afán por encontrar la reliquia no tenía límite y Türgyn sólo podía obedecer, como llevaba haciendo desde hace ya más tiempo del que podía recordar...image

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