Viajar «de verdad» Viajar no te hace esp ...

Viajar «de verdad» Viajar no te hace especial, único… ni detergente

Sep 08, 2026

Por Patricia Atxurra Ensayos Patito- Buy me a coffee

El examen para ser viajero de verdad

Hace poco me encontré una de esas listas que circulan en redes sociales y que prometen resolver una cuestión que, aparentemente, la humanidad llevaba siglos esperando contestar: si eres un «viajero de verdad». Había doce pruebas. Dormir en un aeropuerto. Comer comida callejera. Viajar con mochila. Subir durante horas por una vista. Ver un amanecer desde el avión. Comprar sólo un boleto de ida. Que una aerolínea pierda tu equipaje. Improvisar un viaje. Perderte en una ciudad. Usar un traductor. Viajar de noche en autobús o tren. Hacer amigos con desconocidos. Con tres aciertos, al parecer, ya podías reclamar la credencial.

Me fascinó especialmente descubrir que una aerolínea perdiendo mi maleta podía contribuir a mi desarrollo personal. Finalmente, las aerolíneas haciendo algo por nuestra autenticidad.

La lista es graciosa, pero detrás del chiste hay una idea bastante extendida: que existe una forma más auténtica, profunda o moralmente valiosa de viajar. No basta con desplazarse. Hay que hacerlo correctamente. Y, si es posible, sufrir un poquito para demostrarlo.

Antes del pasaporte estaba el atlas

Cuando era niña me gustaban muchísimo los atlas. Recuerdo especialmente aquel atlas enorme de la SEP que no cabía en la mochila ni de chiste. Lo abría para buscar lugares remotos, no porque tuviera una lista de monumentos que quisiera tachar, sino porque me parecía increíble que otras personas estuvieran viviendo, al mismo tiempo que yo, en sitios que para mí sólo existían sobre una página.

Me preguntaba cosas infantiles y perfectamente razonables para una niña: si tener los ojos azules significaría ver el mundo de otra manera, cómo se sentiría vivir entre paisajes que yo sólo conocía por fotografías o cómo sonaría un idioma que nunca había escuchado. Un día mi papá regresó del trabajo y yo le conté todo lo que había aprendido sobre los tuareg, sobre el tono azulado que podía dejar el tinte de sus telas en la piel. También le hablé de la mamba negra y la mamba verde y de que algún día quería ir a Kenia para ver el Kilimanjaro.

Esa curiosidad sigue siendo una parte importante de mi manera de viajar. Mi lista incluye nadar con tiburones, ballenas y mantarrayas en la Polinesia Francesa y ver auroras boreales en Islandia. Pero lo que me mueve no suele ser conseguir la fotografía perfecta frente a un landmark. Quiero saber cómo se siente estar ahí: qué animales hay, cómo suena el idioma, qué come la gente, qué cosas consideran normales, qué les causa gracia.

Ésa es mi manera de viajar. Y tardé bastante en entender que la última oración es la importante: mi manera.

Cuando yo también huía de la palabra «turista»

No siempre pensé así. Cuando empecé a viajar también caí en el cliché de huirle a la palabra «turista» como si fuera un insulto. Admiraba a quienes habían viajado mucho. Podía sentirme superior a quienes habían viajado menos que yo e inferior a quienes llevaban más sellos en el pasaporte. El viaje se convertía, sin que yo quisiera admitirlo, en una especie de marcador de estatus.

También juzgaba decisiones ajenas. ¿Para qué gastar en un coche, una televisión o un teléfono si ese dinero podría utilizarse para viajar? La pregunta parecía sensata hasta que entendí lo que estaba presuponiendo: que todo el mundo debía querer la misma vida que yo.

Mi papá, por ejemplo, odia viajar. Para él, leer sobre un lugar puede ser una forma suficiente de conocerlo. Para mí no. Yo necesito caminarlo, escucharlo, comerlo, olerlo. Pero mi necesidad de experimentar físicamente un lugar no convierte su manera de vivir en una vida incompleta.

Hay más de una manera de ser feliz. Para alguien el gran proyecto puede ser recorrer el mundo; para otra persona puede ser formar una familia, construir patrimonio, abrir un negocio, desarrollar una carrera, coleccionar objetos o quedarse cerca de las personas que quiere. Viajar no tiene que ser la prioridad de todos. Cada camino es diferente. Literalmente.

Ni siquiera viajamos por las mismas razones

La investigación sobre motivaciones turísticas lleva décadas mostrando algo que parece obvio una vez que se formula: dos personas pueden comprar exactamente el mismo boleto por razones completamente distintas. En un estudio clásico de 1979, John L. Crompton identificó nueve motivos entre viajeros de placer. Siete eran sociopsicológicos —escapar temporalmente del entorno cotidiano, explorarse a uno mismo, relajarse, buscar prestigio, permitir cierta regresión, fortalecer vínculos familiares y facilitar la interacción social— y dos estaban más vinculados con el destino: novedad y educación.

No existe, por tanto, una única pulsión llamada «amor por viajar» que explique a todo el mundo. Una persona puede querer descansar; otra, aprender; otra, visitar a alguien; otra, comer; otra, fotografiar; otra, enfrentarse a algo difícil; otra simplemente necesita dejar de ver durante una semana las mismas cuatro paredes.

Esto importa porque la idea del «viajero auténtico» suele convertir una preferencia personal en una jerarquía. Si yo viajo para aprender, puedo convencerme de que quien viaja para descansar lo hace superficialmente. Si yo improviso, puedo mirar por encima del hombro a quien contrata un tour. Si duermo en hostales, el hotel puede parecerme una burbuja. Y si viajo en business class, quizá convierta la comodidad en otro tipo de símbolo de estatus. Cambia la estética; el mecanismo puede ser exactamente el mismo.

La autenticidad también cuesta dinero

Además, muchas pruebas de autenticidad esconden una cuestión de clase. Improvisar suena romántico cuando tienes un pasaporte que abre fronteras, dinero para resolver una emergencia, tiempo flexible y la posibilidad de comprar otro boleto si algo sale mal. Para otra persona, perder una conexión puede significar perder meses de ahorro, un permiso laboral difícil de conseguir o la única oportunidad de hacer ese viaje.

Incluso la austeridad puede convertirse en lujo cuando es elegida. Dormir en un aeropuerto porque decidiste ahorrar para alargar un viaje no es lo mismo que hacerlo porque no puedes pagar otra opción. Viajar durante meses sin itinerario exige recursos, aunque la fotografía final muestre una mochila vieja y un plato de comida callejera.

Por eso me incomoda la idea de usar el sufrimiento como credencial. Una experiencia incómoda puede enseñarte algo. También puede simplemente dejarte con dolor de espalda. Catorce horas en autobús no garantizan que hayas comprendido mejor una cultura que alguien que tomó un vuelo de una hora.

No tienes que sufrir para que el viaje cuente

A veces viajo con mochila y a veces no. A veces hago cosas por mi cuenta y otras veces contrato un tour. Voy a restaurantes. Me gustan los mercados. Si mi presupuesto me permite dormir bien y quiero dormir bien, no veo por qué tendría que demostrar profundidad moral pasando la noche sobre el suelo de una terminal.

Tampoco creo que el extremo contrario sea ilegítimo. Hay personas que trabajan todo el año y quieren pasar siete días en un resort, junto a una alberca, sin regresar con una nueva filosofía de vida. No existe obligación de volver transformado de Cancún.

Las redes sociales han convertido ambos extremos en identidades reconocibles: el mochilero sin boleto de regreso que «encontró su verdadero yo» y el viaje perfectamente aesthetic de lounge, business class, resort y desayuno flotante. Los dos pueden ser experiencias reales y disfrutables. Los dos también pueden convertirse en una performance de quién soy.

La solución tampoco consiste en decretar que el viajero correcto está exactamente a la mitad. Eso sólo inventaría una tercera receta.

Entonces, ¿cada quien puede hacer lo que quiera?

Aquí aparece el límite que para mí sí importa. Que no exista una forma correcta de viajar no significa que todo comportamiento sea equivalente.

Mi experiencia del viaje me pertenece. El lugar que estoy visitando, no.

Puedo decidir qué quiero obtener de un viaje: descansar, aprender, comer, visitar monumentos, nadar, hacer fotografías, pasar una semana mirando peces o no hacer absolutamente nada. Pero estoy entrando en un espacio que existía antes de que yo comprara el boleto. Hay personas, historia, memoria, normas, trabajadores, animales, ecosistemas y comunidades que no se convierten en utilería para mi experiencia personal.

El boleto me concede acceso. No soberanía.

Entender no es requisito para respetar

Una de las cosas que viajar hace evidente es que muchas reglas sólo parecen «naturales» porque crecimos con ellas. En otro sitio pueden pedirnos cubrir determinada parte del cuerpo, quitarnos los zapatos, guardar silencio, no tocar algo, no fotografiar, no entrar a cierto espacio o comportarnos de una manera que no habríamos anticipado.

Que yo no entienda una regla no me exime automáticamente de cumplirla. «En mi país no hacemos esto» no funciona como una especie de inmunidad cultural internacional.

Eso tampoco significa romantizar cualquier costumbre ni renunciar al pensamiento crítico. Puedo considerar una norma absurda, injusta o anticuada. Puedo investigarla, cuestionarla y decidir no entrar. Adaptarme durante una visita no significa borrar quién soy; significa reconocer que, durante unas horas o unas semanas, yo soy quien entró en la casa de alguien más.

Puedes experimentar el mundo a tu manera. El mundo no se convierte en tuyo sólo porque compraste un boleto para verlo.

Yolocaust, las momias y nuestras intuiciones sobre el respeto

En 2017 el artista y satírico israelí-alemán Shahak Shapira creó Yolocaust, un proyecto que tomó fotografías públicas de visitantes en el Memorial a los Judíos Asesinados de Europa, en Berlín, y las confrontó con imágenes históricas de víctimas del Holocausto. Las fotografías originales incluían poses sonrientes, saltos y otras conductas que Shapira consideraba frívolas. El proyecto se volvió viral y abrió una discusión incómoda sobre memoria, selfies y comportamiento en espacios con una carga histórica extraordinaria.

Lo interesante es que el caso no produce una regla universal tan fácilmente como parece. Un memorial también es arquitectura pública y las personas interactúan con el espacio de maneras distintas. Precisamente por eso la pregunta es útil: ¿quién decide qué conducta es respetuosa? ¿La institución? ¿La comunidad? ¿La intención del visitante? ¿La historia del lugar? ¿Todo lo anterior?

Y entonces pensé en Guanajuato.

Las Momias de Guanajuato son cuerpos humanos reales exhibidos y visitados por turistas desde hace generaciones. Un proyecto integral del Instituto Nacional de Antropología e Historia estudió entre 2021 y 2025 un conjunto de 117 cuerpos momificados. El propio INAH ha insistido en devolverles su condición de personas con historia, no tratarlos como monstruos u objetos; los estudios incluso han identificado en algunos restos signos de violencia y distintas condiciones físicas.

Antes de ser una atracción turística, esas personas fueron habitantes de Guanajuato. Fueron hijos, madres, padres, vecinos. Tuvieron hambre, miedo, frío, enfermedades, trabajos, conversaciones. No nacieron siendo props de museo.

Y, sin embargo, nuestra relación cultural con esos cuerpos puede sentirse diferente de la que tenemos con un memorial europeo. Eso no significa que una de las dos actitudes sea automáticamente correcta. Lo que revela es que nuestra intuición sobre el respeto también está formada por contexto, costumbre e historia.

Tampoco puedo colocarme demasiado cómodamente en el pedestal. Yo misma he hecho memes con animales disecados en museos de historia natural y con pinturas en museos de arte. Es facilísimo detectar la frivolidad cuando la hace otro; la propia suele llegar acompañada de una explicación excelente.

No estoy equiparando las muertes ni los contextos históricos. Estoy comparando la obligación del visitante de respetar un contexto que no le pertenece.

El verdadero límite no está entre mochila y resort

Por eso, para mí, la frontera importante no está entre mochila y maleta, hostal y hotel, comida callejera y restaurante, tour organizado e improvisación. Ésas son decisiones atravesadas por gusto, presupuesto, comodidad, tiempo, capacidad física y personalidad.

La conversación cambia cuando mi experiencia empieza a imponerse sobre otros: cuando daño patrimonio, ignoro una prohibición, trato a la población local como decoración, molesto a un animal para obtener una fotografía, deterioro un ecosistema o exijo que el lugar entero se adapte a mí.

No hay una única manera correcta de experimentar el mundo, pero sí existen otras personas además de nosotros mientras lo hacemos.

Viajar para integrarme más a una cultura no me concede superioridad moral sobre quien fue a descansar. Pero «cada quien viaja como quiere» tampoco puede convertirse en permiso para olvidar que alguien ya estaba ahí antes de que llegáramos.

¿Y si el viaje consiste en salir del planeta?

Hay una versión extrema de cambiar de lugar: mirar la Tierra desde fuera. Frank White acuñó en 1987 el término overview effect para describir el cambio de perspectiva que muchos astronautas han relatado al observar nuestro planeta desde el espacio. NASA ha recogido testimonios relacionados con la aparente fragilidad de la Tierra, la delgadez de la atmósfera, la ausencia visible de fronteras políticas y una modificación de la escala desde la que pensamos nuestra vida en el planeta.

No todos los astronautas tienen exactamente la misma experiencia y mirar la Tierra desde el espacio no garantiza iluminación instantánea. Pero el concepto me gusta porque lleva al extremo algo que los viajes terrestres también pueden hacer: mover físicamente el punto desde el que observamos un problema.

En uno de mis viajes a Tailandia, después de llevar unos días en un monasterio, pensé en lo insignificantes que parecían algunos de mis problemas del otro lado del mundo. No habían desaparecido. Seguían esperándome. Lo que había cambiado temporalmente era el lugar desde donde los estaba mirando.

Quizá viajar no necesariamente cambia quién eres. A veces simplemente cambia desde dónde estás mirando.

Volver al atlas

Pienso otra vez en aquella niña con un atlas demasiado grande para su mochila. En los tuareg, las mambas, el Kilimanjaro y aquella pregunta absurda y preciosa sobre si alguien con ojos azules veía el mundo en azul.

Esa niña quería saber qué había al otro lado de la página. La adulta todavía quiere saberlo. Pero ahora entiende algo que antes no: no todo el mundo necesita abrir el atlas y querer meterse dentro.

Una persona puede querer París sólo para ver la Torre Eiffel. Otra quiere escalar una montaña. Otra quiere un resort. Otra quiere aprender un idioma. Otra quiere hacer amigos. Otra quiere comer. Otra quiere fotografiar. Otra quiere salir del planeta. Ninguna de esas motivaciones demuestra, por sí sola, que alguien haya vivido más profundamente que los demás.

Mi manera de viajar es curiosa, inmersiva, desordenada, llena de preguntas, animales, idiomas y memes. Sigue siendo mi manera, no una unidad universal para medir la vida ajena.

Así que no sé si soy turista, viajera, mochilera o lo que diga el examen de Facebook. Pero sí sé una cosa: viajar no te hace especial, único… ni detergente.

Referencias

Crompton, J. L. (1979). “Motivations for Pleasure Vacation”. Annals of Tourism Research, 6(4), 408–424. DOI: 10.1016/0160-7383(79)90004-5.

Caber, M., & Albayrak, T. (2016). “Push or pull? Identifying rock climbing tourists’ motivations”. Tourism Management, 55, 74–84. DOI: 10.1016/j.tourman.2016.02.003.

Galiakbarov, Y. et al. (2024). “When the mountains call: Exploring mountaineering motivations through the lens of the calling theory”. Journal of Outdoor Recreation and Tourism, 45.

NASA Johnson Space Center (2025). “The Overview Effect: Astronaut Perspectives from 25 Years in Low Earth Orbit”.

NASA, Houston We Have a Podcast (2019). “The Overview Effect”, conversación con Frank White, episodio 107.

White, F. (1987). The Overview Effect: Space Exploration and Human Evolution. Houghton Mifflin.

Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) (2026). “Las momias de Guanajuato, un patrimonio vivo”. Proyecto de valoración patrimonial desarrollado entre 2021 y 2025.

El País (2017). Cobertura del proyecto “Yolocaust” de Shahak Shapira y la discusión pública generada por las imágenes.

Ruiz Achurra, P. I. (2020). “Viajar no te hace especial, único ni detergente”. Artículo personal, 10 de noviembre de 2020.

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