Sam Valentin, penúltimo
Umi y Ascot salieron nuevamente al sol, detrás de las pequeñas criaturas y su madre.
—Llevan un par de días haciendo pequeñas incursiones fuera… aún no dominan del todo eso de caminar —contó Ascot.
El murmullo del bosque se filtraba hasta la entrada de la cueva, suave como un suspiro. Afuera, el aire olía a tierra húmeda y hojas recién abiertas; adentro, quedaba solo el eco tenue del agua goteando entre las rocas.
Umi los miraba fascinada. Conforme se acercaban a la luz, notó que tenían más de una particularidad.
Sus pelajes iban del marrón claro al beige, con manchas blancas que parecían pétalos caídos. Algunos tenían ojos violeta o azul; uno, de un suave tono sonrosado, los miraba con curiosidad. Avanzaban torpemente, en grupo, protegiéndose unos a otros. La madre los empujaba con la testa, para llévalos adelante pese a sus distracciones de bebés
—¡Oh, míralos! ¡Me recuerdan a Hikaru!
Ascot soltó una risa breve.
Recién estaban saliendo cuando vieron a la madre extender unas alas largas y transparentes, brillando bajo el sol como cristal líquido.
—¡Woooow! ¡Asombroso! —gritó Umi, maravillada.
Las pequeñas crías tenían apenas alas arrugadas, como mariposas recién salidas de su crisálida.
—Es… —Umi apenas pudo hablar— de las criaturas más hermosas que he visto en Céfiro.
—Y un verdadero privilegio, amor. Son difíciles de ver por su naturaleza.
Umi se sonrojó al escucharlo.
—Me las estás mostrando hoy… así que gracias. Soy muy afortunada.
Se besaron bajo los árboles, rodeados por el canto de los insectos y la luz que temblaba entre las hojas.
Rodeada de verde, Umi pensó en Clef. Con su exceso de trabajo y esa melancolía perpetua, él jamás habría compartido con ella algo tan simple y vivo. ¿Estaba siendo cruel por pensarlo? Tal vez. Pero se prometió encontrar todos los motivos necesarios para valorar al chico que sí estaba a su lado: el que buscaba su risa, no su rendición.
---(Mientras tanto…)
El vestido de Hikaru apenas se había secado lo suficiente cuando volvió a ponérselo.
—¿Estás listo para ir a la playa? —preguntó, observando cómo Latis terminaba de vestirse.
Su camiseta negra aún conservaba el calor del sol, pero no podía dársela a Hikaru: si alguien los veía, lo entendería todo.
—¿Es en serio? —dijo él, sin tono de pregunta.
—Me encantaría hacer una caminata romántica de la mano —respondió ella con una sonrisa luminosa.
El pelinegro rió suavemente. No existía nada más romántico que lo que acababan de hacer, y sin embargo, ella parecía brillar aún más.
—¿No quieres descansar un poco? —dijo él—. Por mí.
—¡Vamos, Latis! ¿Qué pasa? Hemos descansado suficiente.
Él la tomó de la muñeca y la atrajo contra su pecho.
—Solo quiero abrazarte un poco más. No sé… siento que tengo que cuidarte. Con algo de beber, con ropa cálida.
Hikaru se sonrojó.
—¿Quieres… que vayamos al castillo?
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☕ (En la ciudad…)
Clef pagaba el café y los pasteles que habían pedido. La dueña, la señora Tanya, les sonrió con cariño.
—Gracias. Vuelvan pronto… da gusto verlos así.
—¿Así cómo? —preguntó Presea, sonriendo como si ya supiera la respuesta.
—Juntos y sonriendo. Usted siempre está tan ocupado, maestro Clef. Pero ahora que está con la maestra Presea, seguro lo cuidarán mejor.
Él se sonrojó.
—No es que no pueda cuidarme solo.
—Podría dormir más —bromeó ella, poniéndose de puntillas para mirarle las ojeras—. Le sienta bien ser alto, pero esas sombras no tanto.
—Son los turnos de vigilancia de Ráfaga —respondió Clef, intentando disimular una sonrisa.
—Dígale que pase más seguido. Desde que se casó, ya casi no viene.
—Se lo diré.
Mientras salían, escucharon algunos murmullos entre las mesas:
> “Qué linda pareja hacen.”
“Por fin.”
“Ya los había visto juntos por aquí.”
—Las personas te quieren, están felices por ti —dijo Presea.
—Sí… aunque creo que gané algunos rivales.
Ella se sonrojó.
—Estoy segura de que yo también. ¡Apuesto a que nadie imaginó verte con alguien! ¡Ni yo lo creía posible!
Clef rió.
—¿Cómo se supone que reaccione a eso?
—¡Es un halago!
—Ya veo —dijo él, tomándola de la mano. Era bueno que los cefirianos los vieran así. Un motivo más para mantener una relación tranquila y estable… un motivo más para no buscar problemas.
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(De vuelta con Hikaru…)
—¿Es necesario que me quede aquí? —preguntó Hikaru, sentada en la cama de Latis con las piernas bajo las mantas—. No estoy enferma.
Latis colocó una taza de té caliente entre sus manos.
—Te dije que te cuidaría hasta que tu ropa seque bien. No quiero que te resfríes.
—Puedo ir a cambiarme.
—No todavía.
—Latis… lo que pasó… ¿es una especie de secreto o algo?
Él la miró, con ternura y un toque de nerviosismo.
—No exactamente. Pero es algo solo de los dos. —Le acarició la mejilla—. ¿Piensas contárselo a alguien?
—A Umi y Fuu. A ellas les cuento todo.
El chico se sonrojó tanto que Hikaru creyó ver vapor salir de su cabeza.
—Tú… ¿les has…?
Hikaru también se sonrojó.
—Un poco… ¿estuvo mal?
Latis suspiró y le acarició el cabello.
—Supongo que solo eres tú siendo tú. Pero, ¿podrías no contarles más esta vez?
—¿Tienes miedo de que te regañen? No lo harán. Ah, y se me olvidaba: incluso Presea y Caldina saben un poco.
El pelinegro se puso rojo como una llama y la abrazó, intentando ocultar la cara entre su hombro. Si eso llegaba a oídos de Clef o Ráfaga, estaría acabado.
--- (De nuevo en el bosque…)
Umi estaba sentada espalda con espalda con Ascot sobre la hierba húmeda, observando a las criaturas acurrucarse junto a su madre.
—Pronto irán a dormir —dijo él—. Entonces iremos a lo siguiente.
—¿Qué será?
—Algo sencillo. Pasaremos por la casa de Presea.
La mención la hizo fruncir ligeramente el ceño.
—¿Allá? ¿Por qué?
—Me dio permiso de prepararte algo.
—Ah… ya veo —respondió, disimulando su curiosidad.
El bosque volvió a llenarse de sonidos suaves, como si guardara el secreto de lo que estaba por venir.
