Una memoria basada en vivencias del 2012.
Dani Liberman fue mi compañero en la Universidad Estatal a Distancia de Costa Rica (UNED). Un tipazo. De esos maes que vos sabés que son firmes y que, sin necesidad de conocerlos a profundidad, sentís que hasta la vida podrías dar por ellos.
Para mí fue ese hermano mayor que nunca tuve. Y eso tiene su gracia porque, por obvias razones, soy el mayor de mis tres hermanos. Pero dejando lo chistosito de lado, aprendí mucho de Dani.
Era un caballero en todo el sentido de la palabra. Noble, servicial y genuino. De esos amigos que nunca ponían un pero para ayudar. Si alguien necesitaba algo, Dani estaba dispuesto.
Las personas muchas veces nos marcan por pequeños gestos. No necesariamente por las grandes cosas que hacen, sino por la manera en que viven las pequeñas.
Dani era así.
Yo siempre he sido bastante introvertido. Tenías que darme mucha confianza para que pudiera ser yo mismo. Mi amigo del colegio, Jorge Godoy, lo sabe; él es mi alero de toda la vida y puede dar fe de lo que digo. Quizás algún día les contaré nuestros desmadres, pero este no es el día.
Hoy quiero volver a San José.
Porque ahí, de alguna manera, ocurrió una metamorfosis.
Dani tenía una facilidad impresionante para captar la atención de los demás. Tenía el don de hablar y conseguir que la gente lo escuchara atentamente. Transmitir inspiración no se le da a cualquiera.
Eso es lo que yo llamo mundos paralelos.
Uno llega a determinados lugares pensando que simplemente está estudiando, trabajando o viviendo una etapa más de la vida, y de repente aparecen personas que traen nuevos aires.
Personas con calor humano.
Personas con algo que no siempre sabemos explicar.
Personas con Dios adentro.
Suena místico, lo sé. Pero con los años he aprendido a mirar esas cosas de otra manera. Quizás algunas personas llegan a nuestra vida porque también forman parte de los propósitos del Eterno.
Dani era uno de esos nuevos aires.
Y yo tenía una curiosidad que no me dejaba tranquilo.
Había un tema que nunca discutíamos: la fe.
Por alguna extraña razón, nunca llegaba a la mesa.
Pero yo observaba.
Siempre he sido muy observador. Cuando algo me llama la atención, puedo quedarme dándole vueltas hasta encontrarle algún sentido.
Y con Dani había algo que no terminaba de entender.
Su manera de tratar a las personas me hacía pensar que había crecido con valores cristianos muy fuertes.
Yo sospechaba que detrás de aquella nobleza había una historia.
No quería quedarme con lo que todo el mundo decía.
Nunca me ha gustado eso de repetir lo que dicen los demás solamente porque todos lo repiten.
Yo quería saber.
Y entonces estaba aquel apodo que todos le tenían.
“El Judío”.
El acento tico le daba todavía más naturalidad al asunto. Era una forma cariñosa y afectiva de llamarlo. Nadie parecía hacerlo con mala intención.
Pero yo siempre quise saber por qué.
Hasta que un día tuve la oportunidad de compartir con él de una manera más profunda y el cántaro se rompió.
La respuesta estaba en su historia familiar.
Su familia era de origen judío.
Mi intriga finalmente tenía respuesta.
Pero lo interesante no fue solamente descubrir de dónde venía aquel sobrenombre. Lo verdaderamente interesante fue conocer lo que Dani llevaba dentro.
Cuando abría su corazón era otra cosa.
Hablaba de la necesidad de ser mejor cada día.
Y aquello me llamaba muchísimo la atención porque, desde mi perspectiva, Dani ya era un man top.
Yo veía a un hombre noble, servicial, caballero, dispuesto a ayudar a sus amigos y con una calidad humana que para mí era evidente.
Pero él no parecía verlo así.
Todo lo que hacía le parecía insuficiente.
Siempre sentía que podía ser mejor.
Y quizás ahí estaba una de sus mayores virtudes: nunca parecía sentirse superior por las cosas buenas que hacía.
En aquellos tiempos estaba muy de moda decir que lo importante era ser “buenas personas”.
Y nosotros no queríamos ser parte del montón.
No porque ser buena persona no tuviera valor, sino porque sentíamos que aquello podía convertirse en una respuesta demasiado fácil.
“Soy buena persona.”
Y ya.
Como si esa frase fuera suficiente para sentirnos bien y dejar de hacernos preguntas importantes.
Para nosotros no era suficiente.
Creíamos que necesitábamos a Dios en el corazón.
Y, de alguna manera, compartíamos ese vacío.
Eso no hacía que yo admirara menos a Dani.
Al contrario.
Me hacía respetarlo todavía más.
Él me decía que había tenido la oportunidad de crecer dentro de una tradición donde el prójimo tenía un valor profundo. Que eso le había enseñado a mirar a los demás como familia, a entender que el otro también importaba.
Y cuando uno lo veía actuar, aquello tenía sentido.
Dani no necesitaba hablar demasiado de sus valores.
Los vivía.
Nunca ponía un pero para ayudar.
Nunca necesitaba hacer una gran demostración.
Su nobleza aparecía en los pequeños gestos.
Por eso siempre he pensado que las personas realmente nos marcan de maneras que muchas veces ni ellas mismas conocen.
Quizás Dani nunca supo cuánto lo admiraba.
Era demasiado modesto para eso.
Y después la vida hizo lo suyo.
Dani cambió de ciudad.
Yo me mudé a San Rafael.
Durante un buen tiempo seguimos escribiéndonos por correo electrónico. En aquellos tiempos todavía era una de las maneras de mantener cerca a quienes estaban lejos.
Hasta que un día dejamos de escribirnos.
Y nos perdimos.
No hubo una gran despedida.
No hubo una escena de película.
Simplemente la vida siguió.
Pero el recuerdo quedó.
Siempre recuerdo a Dani con mucho cariño.
Y hay algo que nunca olvidé.
En una de aquellas conversaciones, cuando hablábamos de aquello que nos faltaba, Dani me dijo:
“Me falta Jesús. Esa será mi próxima conquista.”
No sé cómo terminó exactamente esa historia.
No puedo contar algo que no presencié.
Pero tengo la certeza de que Dani estaba dispuesto.
Él había crecido escuchando, aprendiendo y viviendo muchos de esos valores. Estaba ajeno a algunas cosas, quizás, pero no era indiferente.
De alguna manera, él y yo sabíamos del poder de Dios.
Y yo quiero creer que aquella búsqueda encontró su camino.
Porque quizás eso también es parte de esos nuevos aires que encontramos en el camino.
Personas que llegan por un tiempo.
Personas que nos enseñan sin proponérselo.
Personas que nos recuerdan que todavía existen hombres y mujeres con calor humano, con nobleza y con algo de Dios adentro.
Por eso también he aprendido a cuidar el corazón de los prejuicios.
No podemos mirar a una persona solamente por una etiqueta.
No podemos repetir lo que otros dicen sin conocer su historia.
No podemos decidir quién es alguien sin haber escuchado lo que lleva dentro.
A veces el milagro comienza precisamente cuando dejamos espacio para creer que Dios todavía puede hacer algo que nosotros no vemos.
Quizás por eso recuerdo a Dani.
No solamente porque fue mi compañero de universidad.
No solamente porque era “El Judío”.
Lo recuerdo porque fue un amigo.
Porque fue ese hermano mayor que nunca tuve.
Porque era un man noble.
Porque estaba dispuesto a ayudar.
Porque cuando abría su corazón quería ser mejor.
Porque me hizo pensar.
Y porque, muchos años después, sigo creyendo que algunas personas aparecen en nuestro camino por una razón.
Nos dan nuevos aires.
Nos dejan algo.
Y después siguen su camino.
Quizás nunca sepamos exactamente cuál fue el propósito.
Pero hay encuentros que uno simplemente agradece.
Y Dani es uno de ellos.

