El Espíritu Santo no es raro… eres tú qu ...

El Espíritu Santo no es raro… eres tú que no lo conoces.

Oct 23, 2026

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Jesús prometió un Compañero. Nosotros le pusimos efectos de película de terror.

Hay gente que escucha “Espíritu Santo” y piensa en una sábana flotando, una señora gritando o un culto donde alguien terminó tirado junto a las bocinas.

Yo también tenía mis reservas.

Bastantes.

Podía hablar con Dios mientras manejaba y con Jesús después de meter la pata. Pero el Espíritu Santo me sonaba a ese familiar del que todos hablan bajito y nadie explica por qué.

Hasta que leí esto:

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”.
—Juan 14:26, RVR1960

Jesús estaba preparando a sus amigos para su partida. Y les prometió compañía, enseñanza y memoria.

Nada de sábanas. Gracias a Dios.

Yo esperaba una señal. Necesitaba escuchar.

Recuerdo una discusión en la que estaba redactando un mensaje impecable: preciso, hiriente y con suficiente superioridad moral para fundar una denominación.

Tenía pruebas. Tenía argumentos. Tenía ganas de hacer daño y llamarlo honestidad.

Antes de enviarlo, recordé algo que Jesús enseñó sobre perdonar.

Qué pésimo momento para tener buena memoria.

Dejé el teléfono.

No hubo música celestial. El café siguió frío. Todavía estaba enojado. Pero ya no podía fingir que mandar aquello era una gran idea.

No sé atribuir cada pensamiento al Espíritu Santo. Mi cabeza también produce tonterías con excelente dicción. Pero Juan 14:26 me da una pista: él nos recuerda a Jesús.

Incluso cuando preferiríamos que Jesús saliera cinco minutos de la habitación.

Conocerlo también puede verse bastante cotidiano

Durante mucho tiempo pensé que una experiencia espiritual tenía que dejarme temblando.

Luego llegaron otras experiencias.

Pedir perdón sin agregar “pero tú también”.

Quedarme a escuchar a alguien cuando ya había ensayado mi discurso para arreglarle la vida.

Reconocer que estaba solo, aunque llevara veinte minutos haciendo chistes para que nadie lo notara.

Nada de eso luce espectacular en un video. Nadie pone música épica sobre un adulto admitiendo que fue un imbécil el martes.

Pero a mí me estaba cambiando.

El Espíritu Santo no es una energía que activas cuando la reunión está aburrida. Es Dios presente. Personal. Santo. Y bastante menos interesado en alimentar nuestro espectáculo de lo que a veces nos gustaría.

Llamarlo “amigo” habla de cercanía. También implica confianza suficiente para dejar que te contradiga.

Porque hay amigos que te sirven otra copa y amigos que te quitan las llaves.

Adivina cuáles te aman mejor.

Puedes empezar sin hablar raro

Una mañana me senté con mi café y dije:

“Espíritu Santo, no sé muy bien cómo se hace esto. Ayúdame a conocer a Jesús y a vivir lo que dice”.

Eso fue todo.

Después abrí el Evangelio. Leí despacio. Intenté escuchar. Durante el día tuve que volver a empezar unas catorce veces.

Sigo aprendiendo.

Todavía confundo mis ganas con buenas razones. Todavía quiero que Dios me dé la razón cuando necesito que me dé paciencia.

Pero estoy descubriendo que puedo acercarme sin fabricar una emoción ni adoptar voz de documental bíblico.

Quizá a ti también te enseñaron a tenerle miedo antes de enseñarte a conocerlo.

Vuelve a la promesa de Jesús.

Lee. Pregunta. Ora con tus propias palabras. Busca una comunidad donde puedas aprender sin sentirte obligado a actuar.

El Espíritu Santo puede encontrarte un martes, junto al fregadero, recordándote una verdad que necesitas vivir.

Y sí: probablemente también haya platos que lavar.

La vida con Dios tiene esa falta de glamour.

Y esa hermosa compañía.

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