¿Dónde estabas un día como hoy hace 25 a ...

¿Dónde estabas un día como hoy hace 25 años?

Sep 11, 2026

Todas las personas con suficiente edad sabemos dónde estábamos y qué estabamos haciendo esa mañana del 11 de septiembre.

Yo tenía 16 años y no recordaba haber tenido tanto miedo sobre algo que sucedía tan lejos de mi casa nunca en mi vida.

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¿Será que comenzó el Armagedón? Pensé. Inmediatamente me sentí desamparada y culpable por todas las mentiras que le había dicho a mi abuela sobre los noviecitos que había tenido cuando vivía en Pereira. Ahora me parece tan absurdo.

Ese martes, por alguna razón, no fui a estudiar. No recuerdo exactamente por qué, pero creo que es posible que no hubieran comenzado las clases todavía.

Estaba limpiando las ventanas de nuestro apartamento del Savil, en el centro de Los Teques, y mi abuela estaba cocinando como posesa porque teníamos visitas. Mi mejor amiga y su familia venían a almorzar y preparar un sancocho de gallina se llevaba su tiempo.

Mientras intentaba dejar el lugar pulcro para impresionar a nuestros invitados, ni mi abuela ni yo habíamos escuchado nada sobre lo que estaba pasando a esa hora de la mañana.

El televisor estaba en uno de los cuartos. En la sala solo había una mesa de comedor porque rentábamos por habitaciones, no el apartamento entero.

Sonó el intercomunicador.

“¡Ay! ¡Ya llegaron!” Dijo mi abuela en su tono de voz más dramático. Ella siempre hablaba así. “¡Y yo no he terminado de hacer la ensalada!” Todavía faltaba mucho para almorzar, pero esa era mi abuela.

Le abrí la puerta a Keren y a sus padres. Era la primera vez que iban a mi casa. Evidentemente, no llevábamos tanto tiempo conociéndonos. ¿Menos de un año, tal vez? Pero Keren y yo nos habíamos vuelto inseparables.

El esfuerzo de mi abuela se debía a que Keren y su familia eran Testigos de Jehová. Para ella era muy importante cultivar amistades dentro de la organización.

En cuanto entraron, Belkys, la madre de mi amiga, dijo:

“¿No están viendo las noticias?” Y lo primero que pensé fue: ¡No puede ser! ¡Otro golpe de estado! Porque la última vez que había visto a alguien con esa actitud había sido durante las intentonas del año 92 contra el presidente Carlos Andrés Pérez. “Prendan la televisión”, continuó Belkys.

Fuimos todos al pequeño cuarto que alojaba el aparato.

Las imágenes de la primera torre de la cual salía una columna de humo negro me impactaron mucho. Lo primero que pensé es que había sido un intento de grabar una escena de una película que había salido terriblemente mal.

“¡Es que volar aviones cerca de edificios tan altos es una locura!” Dije en voz alta.

Todos estábamos impactados. Mi abuela solo invocaba a Jehová. “¡Dios mío bendito, Jehová!” Con el mismo tono dramático que había usado para anunciar que todavía no había ensalada.

Pero Belkys no se comía el cuento del accidente.

“Este es un ataque terrorista.”

Yo no sabía mucho de ataques terroristas y cómo era que Belkys llegaba a esa conclusión, pero lo entendí dos minutos después cuando vimos el segundo avión en directo.

“¡¿Vieron?! ¡Es una ataque terrorista!” Gritó Belkys.

Todos estábamos con la boca abierta pegados al televisor. Yo no podía creer lo que estaba viendo. ¿A quién se le ocurre estrellar un avión contra un edificio? ¿Qué clase de locura era esa? ¿Qué tipo de mundo era este? No entendía nada.

Los Testigos de Jehová se cansaban de decir que nadie sabía el día ni la hora del fin del mundo, pero yo sentía que ya nos estábamos enterando: era ese preciso momento. Se me hizo un nudo en el estómago. Tenía un miedo horrible del Armagedón, siempre lo tuve, y nunca lo sentí más cerca que esa mañana.

En el pequeño cuarto todos hablábamos casi al mismo tiempo. Las palabras terrorismo, Jehová, torres, aviones, señales de los últimos días, horror, entre otras, iban y venían. Yo escuchaba y oraba internamente.

Después los famosos “jumpers”. Ahí fue cuando el tamaño de la tragedia realmente caló. Ese fue el momento en el que lloré. Por loco que parezca, no me había caído la locha de que había gente atrapada en un infierno en los pisos superiores. Ahí fue cuando las torres dejaron de ser torres y empezaron a ser gente.

Fui a la panadería, no teníamos pan. En la calle no había un alma. Toda la gente estaba pegada al televisor.

“¿Me das dos canillas, por favor?” Le dije a la dependienta. No nos miramos. Ambas mirábamos las imágenes de la tele.

“Pobrecita esa gente”, decía alguien por ahí.

“Que Dios los tenga en su gloria”, decía otra persona.

“Esos gringos se lo merecen”, escuché a otro diciendo.

Ese último comentario me impactó. ¿En realidad alguien se merecía eso?

Regresé a mi casa. Ahora la reunión se desarrollaba en la sala, lejos del televisor que seguía encendido en el cuarto a todo volumen para no perdernos detalle. Desde el salón escuchamos a la periodista: “¡No puede ser! ¡Se cayó!”

Corrimos al televisor otra vez. Mi corazón se partió en dos cuando vimos cómo se caía la primera torre. Ya no había esperanza. Esa gente nunca había tenido ningún chance de salir de ahí.

Ya no tenía hambre. Todos estábamos tristes.

imageTitulares del periódico

Desde que era pequeña, había visto tantas veces las Torres Gemelas en películas que sentía que las conocía. Eran una parte central de ese lugar mágico e inaccesible que llamábamos Nueva York, donde Mi Pobre Angelito había pasado la navidad más divertida que cualquiera de nosotros pudiera imaginar.

Desde entonces, he visto documentales, todos los que he podido, solamente porque todavía, hasta el sol de hoy, me pregunto cómo pudo pasar algo así. He escuchado las historias de mis estudiantes sobre ese día y pienso en ellos. Pienso con pesar en todas las vidas que se perdieron.

Resultó que ese no fue el fin del mundo, no para nosotros, los que todavía estamos aquí. Pero sí fue el fin de casi tres mil personas y de una era que siempre vivirá en nuestra memoria.

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