Cuando una puerta se cierra, una ventana se abre
¿Alguna vez has escuchado esa frase? Es una de esas que parecen demasiado sencillas para albergar grandes verdades, pero que tienen un peso enorme cuando uno se detiene a reflexionar. Dependiendo de dónde vengas, tal vez la forma cambie un poco: algunos dicen “Dios cierra una puerta, pero abre una ventana”, otros “cuando algo termina, algo nuevo comienza”. No importa la versión: el significado es siempre el mismo. La vida rara vez nos deja estancados para siempre. Pero, claro, esto es mucho más fácil de entender con la cabeza que con el corazón.
Yo tengo un problema que a veces complica todo esto: el hiperenfoque (o hiperfoco). Cuando algo me interesa de verdad —una idea, un proyecto, un problema— me sumerjo tan profundamente que me olvido de todo lo demás. Es como si el mundo desapareciera y solo quedara esa única cosa. Suena bonito dicho así, pero la verdad es que puede ser bastante difícil, especialmente en las relaciones. Las personas que amo a menudo sienten que las he dejado de lado, pero no es por falta de afecto; es solo la forma en que funciona mi cerebro. Cuando estoy intentando resolver o pensar en algo, el resto queda en modo silencioso.
Además de lastimar sin querer a quienes están cerca, este hiperenfoque también me juega malas pasadas. Cuando pierdo una oportunidad —ya sea un proyecto que no se concretó, una idea que no funcionó, o un plan que se frustró— quedo completamente desorientado. Es como si hubiera puesto todo mi mundo dentro de esa puerta cerrada. En esos momentos, es difícil ver la famosa ventana. Me pregunto: ¿y ahora qué? ¿Cómo seguir adelante si era esa la oportunidad que yo quería?
Pero la verdad es que crecer y madurar es, en parte, aprender a ver lo invisible. Es darse cuenta de que el “fin” rara vez es un fin de verdad: a veces, es solo el comienzo de un camino que aún no conocemos. Siempre hay una ventana, incluso si al principio parece demasiado pequeña, demasiado oculta o demasiado alta para alcanzar. El problema es que, cuando soñamos con una puerta específica, tardamos en aceptar que no es la única. Nos quedamos atascados en lo que pudo haber sido, y eso nos impide ver lo que todavía puede ser.
¿Te has dado cuenta de que algunas de las mejores cosas de nuestra vida sucedieron por pura casualidad? Un encuentro inesperado, una conversación aleatoria, un desvío de camino que ni siquiera queríamos tomar. A veces, la ventana que se abre es muy diferente de la puerta que se cerró, y aun así, conduce a un lugar mejor.
Mi intención con este texto es justamente esa: recordarme a mí mismo y, quién sabe, a ti también, que necesitamos mirar alrededor con más atención. Que perder algo no es lo mismo que estar perdido. Que existen alternativas esperando ser notadas, pero es necesario calmar el corazón para verlas. También es importante no vivir cambiando de puerta en puerta o de ventana en ventana, siempre en busca de algo nuevo. Hay quienes se pierden en esta búsqueda infinita y nunca cruzan a ningún lugar.
Al final, todo se resume en el equilibrio —esa palabra que parece sencilla, pero que lleva una vida aprender—. Encontrar la puerta o la ventana que realmente tiene sentido, que nos gusta y que se abre. No insistir en una que ya está cerrada solo por apego, pero tampoco entrar por cualquiera solo porque está entreabierta. Porque la madurez, al final, es eso: aprender a elegir el camino correcto —no el más fácil, ni el más bonito, sino el que de verdad te lleva a donde quieres llegar.
