Me enamoré del automovilismo hace ya muchos años. Supongo que nadie recuerda el momento exacto en el que encuentra aquello que le acompaña toda la vida, simplemente ocurre. Un día tu corazón hace clic, y descubres que ya no puedes mirar hacia otro lado. No sé la carrera con la que el motorsport me cautivó, no recuerdo un adelantamiento concreto, una victoria o un campeonato. Fue algo mucho más silencioso, un proceso, el de aprender a quererte sin darme cuenta. Como ocurre con las personas importantes, un día descubres que llevan mucho tiempo formando parte de tu vida.
Hay amores que llegan despacio, y otros que irrumpen como un motor despertando al amanecer, y así llegaste a mi vida. Sin pensarlo, un día te convertiste en mi todo, sin hacer ruido, acabaste ocupándolo todo. Empezaste acompañándome los domingos, luego los fines de semana, y ahora en mi día a día. No sabría que hacer sin ti, no imagino un solo momento de mi vida en el que no estés presente, en el que no acuda a ti, tanto para lo bueno, como para lo malo. Hay quienes tienen un lugar al que regresar cuando el mundo pesa demasiado, y yo, desde hace muchos años, encontré ese lugar entre revoluciones, semáforos, curvas y banderas a cuadros.
A veces pienso que llegaste demasiado pronto a mi vida, cuando aún no sabía ponerle nombre a ciertas emociones. Despertaste en mí sentimientos que no conocía, que jamás llegué a imaginar. Admiración, nostalgia, esperanza, frustración, paciencia, orgullo, paz, obsesión, gratitud, ternura, serenidad, alivio, armonía, entusiasmo, ilusión, cariño, anhelo, fascinación, amor. Quizás es porque fuiste tú quien los moldeaste. Porque, sin proponértelo, me enseñaste que una misma pasión podía hacerte sonreír un domingo y dejarte con un nudo en la garganta al siguiente, que la ilusión y el miedo podían convivir en el mismo instante, que la calma también podía encontrarse a más de trescientos kilómetros por hora.
Un refugio inesperado
No entendía por qué podía pasar horas viendo coches dar vueltas a un circuito. No entendía por qué un domingo cualquiera podía convertirse en el mejor momento de la semana. No entendía por qué un sonido podía hacerme sentir en casa. Mientras otros veían coches persiguiéndose, yo veía mucho más que una carrera. Veía historias, veía personas luchando contra el miedo, contra la presión y contra sí mismas. Veía a alguien dedicar toda una vida por unos pocos segundos de gloria. Y, aunque entonces no fuera consciente, también me estaba viendo un poco a mí.
Con el tiempo comprendí que nunca fue cuestión de entender el automovilismo, sino de sentirlo. Porque hay pasiones que no se explican con argumentos, se explican con silencios, con esa necesidad de encender la televisión un domingo aunque no tengas ningún piloto favorito. Con la sensación de que todo puede esperar más, porque durante ese tiempo el mundo deja de ir tan rápido.
Y es curioso, pues desde fuera siempre parece un deporte construido sobre el ruido. Motores llevados al límite, aficionados gritando o estrategias que cambian en cuestión de segundos. Y sin embargo, pocas cosas me han dado tanta paz como escuchar cómo rugen los motores antes de una salida. En ese instante, me doy realmente porqué me gusta el automovilismo. Y quizás por eso nunca conseguí explicar por qué me gustaba tanto, porque nunca fueron los coches.
Siempre fueron las emociones, los sentimientos que en mí despertaban, por eso sigo aquí. No porque espere carreras, campeonatos o pilotos perfectos. Si algo me ha enseñado el automovilismo es que la perfección no existe, y que precisamente ahí reside gran parte de su belleza. Siempre habrá una estrategia que salga mal, una avería inesperada, una lluvia que cambie el rumbo de una carrera o una victoria que se escape por unas décimas. Y, aun así, cada fin de semana volvemos a sentarnos delante de una pantalla con la misma ilusión de la primera vez.
Nunca fueron los coches
Con el paso de los años entendí que el motorsport nunca intentó enseñarme de coches. Me enseñó a tener paciencia cuando los resultados no llegan, a aceptar que perder también forma parte del camino y a comprender que, muchas veces, el verdadero valor no está en cruzar primero la meta, sino en encontrar la fuerza para volver a intentarlo una vez más. Me enseñó que entrar en boxes no siempre significa detenerse, a veces es coger aire para seguir adelante.
Nunca he conseguido explicar qué significa realmente el automovilismo para mí. Porque nunca fue una simple afición, unca fueron los coches, ni la velocidad, ni el olor a gasolina, ni el sonido de un motor llevado al límite. Todo eso fue solo el lenguaje que utilizó para enseñarme algo mucho más importante. Me enseñó que los sueños merecen ser perseguidos aunque parezcan inalcanzables, que las derrotas también forman parte de las grandes historias, que siempre existe una siguiente vuelta mientras no decidas abandonar la carrera y que, incluso cuando todo parece perdido, todavía puede aparecer una oportunidad que lo cambie todo.
Una forma de entender la vida
Por eso sigo aquí, porque cada carrera me recuerda que la vida se parece mucho más a un Gran Premio de lo que imaginamos. Habrá curvas que obliguen a levantar el pie, momentos en los que tocará entrar en boxes y otros en los que simplemente habrá que resistir hasta ver la bandera a cuadros. Pero mientras el semáforo vuelva a apagarse, siempre existirá una nueva oportunidad para empezar de nuevo.
Después de todos estos años, por fin creo que he entendido por qué me enamoré del automovilismo, y nunca fue por los coches. Fue porque, sin darme cuenta, el motorsport terminó convirtiéndose en una forma de entender la vida, y porque hay amores que nunca necesitan explicarse, solo seguir viviéndose.
Escrito desde boxes. Pitwall

