Me despierto sobresaltada. Estiro el brazo y enciendo la lámpara de noche, que ilumina mi lado de la cama. La habitación cobra vida. A mi lado, mi marido duerme profundamente como suele hacer después de un largo viaje de negocios, aunque acabamos de regresar de nuestra boda y luna de miel. Siento un poco de envidia cuando lo escucho roncar y veo lo cómodo que descansa, como si estuviera burlándose de mí, que no puedo cerrar los ojos sin antes haber llorado lo suficiente.
Y de nuevo, los golpes, ¿O son un fragmento de mi pesadilla personal? Todos tenemos una que nos persigue y lo hará hasta el último de nuestros días. Mientras, nos devora la mente como un gusano a un cuerpo muerto. En ocasiones, sueño con una niña que golpea con sus pequeñas manos la madera. Está atrapada, el tiempo se termina, su voz se apaga en la oscuridad, se consume a la velocidad en que mis párpados se cierran para no volverse a abrir, al menos por un par de horas, cuando el efecto sedante de las pastillas se evapore y empiece la tortura del insomnio. Pero esta vez sé que no estoy soñando, porque me pellizco el brazo y todavía puedo escucharlos. Provienen del baño.
Me armo de valor y me desnudo al aire gélido, la sábana cae al suelo. Camino descalza sobre la nueva y suave alfombra turca, con la bata ceñida al cuerpo, los brazos cruzados. Me dirijo al vestidor, que está, pero no debería, entreabierto. Recuerdo haberlo cerrado antes de tumbarme a contar ovejas. Enciendo la luz, pero no veo nada fuera de lo común. Los vestidos cuelgan como sombras embusteras, esperando el momento para atacar.
Entro al baño con cautela y noto que la cortina está recogida, algo que no suelo hacer por la extraña sensación de ser observada por los vecinos del edificio de enfrente y que, tal vez, por el cansancio, no noté al llegar, hasta ahora.
A través del cristal, contemplo el amanecer, el sol reflejándose en el Hudson; la mitad de la ciudad comienza a despertar, la otra sigue dormida.
De repente, en un aletargado y pesado pestañeo, veo a una figura salir a prisa del vestidor. Su reflejo se aleja a través del ventanal mientras termino por reaccionar. Parece ser una mujer, tiene el cabello largo y rubio. La sigo sin hacer ruido y corro tras ella por las escaleras, desde dónde un halo de luz asciende en forma de bruma. Puedo escuchar su jadeo, a diez metros, muy cerca y a la vez lejos. Bajo de dos en dos los escalones para alcanzarla, pero es más rápida que yo.
Me detengo llegando a la sala, con el corazón en la mano. Quiero preguntar quién es, qué quiere, ¿pero y si responde? Entonces, estaría ante una persona real, lo que sería aún más peligroso.
En la sala, veo las maletas regadas por todas partes, los regalos de nuestros amigos y marcas que se han enterado de la boda. Otros fantasmas con los que tendré que lidiar a partir de hoy. La cocina está vacía y el estudio cerrado, como de costumbre, pero la luz de la habitación de servicio está encendida. Raro, no tenemos sirvientes en casa. Agudizo el oído para escuchar lo que mis ojos no pueden ver. Con los dedos temblorosos, giro la manija muy despacio, abro la puerta: el interior se encuentra vacío.
—¿Greta? —mi marido baja las escaleras, descalzo y en pijama; un bate de béisbol en las manos, señales de que sigue adormilado—. ¿Qué sucede? —me agarra la mano—. Estás temblando.
Yo no tengo cabeza para él. Pienso: vivimos en el último piso, y solo hay una manera de salir. El ascensor.
Corro tan rápido como mis piernas me lo permiten, pero de nuevo llego demasiado tarde. La puerta de acero se cierra en mi cara. Escucho el sonido del ascensor desplazándose hacia abajo. Ya no tengo dudas: alguien ha estado en mi casa.
