A veces llega sin llamar,
silenciosa como el viento en la madrugada,
sentándose a mi lado
como una vieja amiga olvidada.
La soledad no siempre hiere, a veces cura.
A veces limpia el ruido caótico
dejando el brillo leve de una idea,
el eco suave de lo que soy.
En su abrazo sin palabras
he aprendido a escucharme,
a no temer mi propia voz
ni el espacio que habito.
No es ausencia,
es presencia sin máscaras,
un descanso sin demandas,
un suspiro que no espera.
La soledad, a veces,
es la puerta abierta
a la paz que a uno tienta.
