Anoche, un amigo escritor que estaba haciendo escala en Madrid por unas horas me pidió que lo acompañara a dar un paseo por el centro.
Conoce bien Madrid, desde hace treinta años. Y se quedó estupefacto con la tugurización de la Gran Vía, desustanciada y deslumbrada con sus edificios célebres apagados o tapiados o tomados por los mendigos (los había incluso acampados, con tiendas digo –a las puertas de las tiendas–). Sólo quedaban abiertos los burgers y sólo nos paraban varones extranjeros de todos los colores para ofrecernos putas en todos los idiomas.
También se escandalizó con el tramo de Alcalá desde la Puerta hasta Cibeles, completamente almeidizado. Como es argentino, reconocía el percal y en Almeida, un sosias del descalificable Larreta.
En Sol desangelada sólo había una infeliz drogota alunada y un par de manteros sin manta. Y una anciana sin techo a la que una pareja madura dio las buenas noches como si la literalmente pobre señora no estuviera en la mera calle tan sucia, por muchos manguerazos que le den –con un jabón por el que patinabas, llevaras o no los tacones de aquella rubia tan alta.
En uno de los arcos de la Plaza Mayor, un ¿vagabundo? con ¿auriculares de cancelación de ruido? se llevaba a la nariz el ¿tupper con restos rapiñados? que se disponía a malcomer.
Nos llegamos a la Plaza de la Villa, una fantasmagoría, y a la chocolatería de San Ginés, que estaba abierta pero menos animada que la tasca moruna paredaña.
Luego de comprobar en Cibeles que los trabajos para la visita del Papa no se interrumpen ni en la madrugada, sorteamos otras insidiosidades almeidescas y pusimos rumbo a Barajas. Serían como las tres de la mañana.
Y mi amigo MB me agradeció muy a su manera esa noche memorable. No bromeaba.
