Nunca va a ser suficiente

Nunca va a ser suficiente

Aug 19, 2026

Nunca va a ser suficiente

Hay una imagen brutal que ayuda a entender una parte del pensamiento de Schopenhauer.

Un caimán se come a un pato.

Para el caimán hay placer.

Sacia su hambre.

Para el pato hay sufrimiento.

Muere.

Ambos participan exactamente del mismo acontecimiento, pero la experiencia no tiene la misma intensidad ni la misma duración.

El placer del depredador es breve.

El daño para la presa es definitivo.

La imagen puede parecer exagerada, pero detrás existe una idea profundamente incómoda:

el placer y el sufrimiento no son simétricos.

Y quizás llevamos décadas construyendo una sociedad como si lo fueran.

Cuando finalmente consiga esto...

Hay una frase que repetimos durante buena parte de nuestra vida.

Cuando gane un poco más.

Cuando tenga mi casa.

Cuando cambie el auto.

Cuando consiga ese trabajo.

Cuando me asciendan.

Cuando pueda viajar.

Cuando tenga éxito.

Entonces voy a estar tranquilo.

Trabajamos durante meses para comprar algo que deseamos.

Finalmente llega.

Abrimos la caja.

Lo miramos.

Lo disfrutamos.

Y ocurre algo extraordinario.

A los pocos días ya forma parte del paisaje.

El teléfono nuevo se convierte simplemente en nuestro teléfono.

El auto nuevo se convierte en el auto.

La casa que soñábamos se convierte en nuestra casa.

El sueldo que alguna vez parecía enorme se convierte en nuestro sueldo.

Y comienza nuevamente la búsqueda.

Necesitamos otra cosa.

Schopenhauer entendió este problema hace casi dos siglos.

Para él, detrás de nuestra existencia existe una voluntad que permanentemente desea.

Y mientras deseamos, sufrimos porque nos falta algo.

Cuando finalmente lo conseguimos experimentamos satisfacción.

Pero dura poco.

Entonces aparece un nuevo deseo.

O algo incluso peor:

el aburrimiento.

Por eso describía la existencia como un movimiento entre el dolor y el aburrimiento.

Dos siglos después construimos una economía gigantesca precisamente sobre ese movimiento.

El capitalismo encontró un cliente perfecto

Una persona satisfecha es un pésimo consumidor.

No necesita cambiar el teléfono.

No necesita demostrar nada.

No necesita renovar constantemente su ropa.

No necesita comprar un automóvil para señalar su posición social.

No necesita perseguir la siguiente tendencia.

El consumidor perfecto necesita sentir exactamente lo contrario:

que todavía le falta algo.

Y somos extraordinariamente buenos produciendo esa sensación.

Especialmente porque ahora llevamos una máquina de comparación social permanentemente en el bolsillo.

Antes te comparabas con el vecino.

Hoy te comparas con millones de personas.

Alguien tiene una casa mejor.

Alguien viaja más.

Alguien gana más.

Alguien tiene un cuerpo mejor.

Alguien consiguió el ascenso.

Alguien emprendió.

Alguien se jubiló a los 35.

Alguien parece estar viviendo exactamente la vida que tú deberías estar viviendo.

Nunca vemos la totalidad de esas vidas.

Vemos vitrinas.

Y después comparamos esas vitrinas con nuestra trastienda.

Es una competencia imposible de ganar.

Y entonces trabajamos más

Aquí es donde Schopenhauer termina encontrándose con el futuro del trabajo.

Porque buena parte de nuestra relación con el trabajo está atrapada en el mismo mecanismo.

Queremos ganar más.

Nos ascienden.

Durante un tiempo estamos felices.

Después ese ingreso se convierte en normalidad.

Nuestro consumo aumenta.

Nuestros compromisos aumentan.

Nuestra expectativa aumenta.

Y necesitamos el siguiente ascenso.

El siguiente cliente.

La siguiente meta.

El siguiente proyecto.

Más facturación.

Más crecimiento.

Más.

Siempre más.

Curiosamente nunca llegamos.

Porque la meta se mueve con nosotros.

Tal vez por eso hay personas que ganan cinco veces lo que alguna vez soñaron ganar y siguen sintiendo exactamente la misma ansiedad económica.

No necesariamente porque les falte dinero.

Sino porque aumentaron la vida que necesitan financiar.

Confundimos progreso con expansión permanente.

Y después nos sorprendemos cuando nada parece suficiente.

Entonces, ¿qué falta?

Esta es la pregunta que me parece realmente interesante.

¿Qué estamos intentando llenar?

Porque evidentemente no es el teléfono.

Ni el automóvil.

Ni la casa.

Ni siquiera el dinero.

Si lo fueran, alguna compra habría terminado definitivamente con el problema.

Pero nunca ocurre.

Quizás porque llevamos años intentando solucionar con objetos un problema que los objetos no pueden resolver.

Pertenencia.

Propósito.

Tiempo.

Afecto.

Reconocimiento.

Comunidad.

Sentirnos útiles.

Sentir que nuestra vida tiene algún sentido más allá de producir y consumir.

Ninguna de esas cosas viene dentro de una caja.

Y aquí aparece quizás una de las contradicciones más grandes de nuestra época.

Tenemos más tecnología para ahorrar tiempo.

Y sentimos que tenemos menos tiempo.

Tenemos más formas de comunicarnos.

Y hablamos de una epidemia de soledad.

Tenemos acceso a cantidades inimaginables de entretenimiento.

Y no soportamos treinta segundos esperando un ascensor sin sacar el celular.

Tenemos más cosas.

Pero seguimos sintiendo que algo falta.

Quizás Schopenhauer tenía razón en algo fundamental.

El problema nunca estuvo en conseguir aquello que deseábamos.

El problema era esperar que conseguirlo terminara con el deseo.

Tal vez la riqueza era otra cosa

No creo que la respuesta sea dejar de trabajar.

Ni dejar de comprar.

Ni romantizar la pobreza.

Tampoco creo que exista virtud alguna en privarse deliberadamente de aquello que disfrutamos.

La pregunta es mucho más sencilla:

¿Para qué?

¿Para qué quiero ganar más?

¿Para qué quiero ese ascenso?

¿Para qué necesito cambiar el auto?

¿Para qué estoy trabajando doce horas?

¿Lo quiero?

¿Lo necesito?

¿O simplemente estoy corriendo porque todos los demás están corriendo?

Quizás madurar también consiste en descubrir cuál es nuestro propio "suficiente".

Y eso resulta profundamente incómodo para una sociedad construida sobre el crecimiento infinito.

Porque alguien que descubre que tiene suficiente comienza a ser difícil de manipular.

Puede rechazar un ascenso que destruirá su vida familiar.

Puede trabajar menos.

Puede conservar el automóvil.

Puede dejar pasar una tendencia.

Puede apagar el teléfono.

Puede decidir que no necesita impresionar a nadie.

Puede incluso descubrir algo peligroso:

que una vida buena y una vida cara no son necesariamente la misma cosa.

Quizás la verdadera riqueza no sea poder satisfacer todos nuestros deseos.

Eso sería imposible.

Quizás sea necesitar cada vez menos cosas externas para sentir que nuestra vida está completa.

Porque si nuestra felicidad siempre depende de conseguir lo siguiente,

nunca estamos disfrutando realmente lo que tenemos.

Estamos esperando.

Y podemos pasar una vida completa esperando llegar a un lugar que se aleja exactamente a la misma velocidad con la que corremos.

Tal vez la pregunta más importante no sea:

¿Qué me falta para ser feliz?

Sino una bastante más incómoda:

¿Quién me convenció de que me faltaba algo?

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