No ocurrió una revolución.
No hubo tanques en las calles.
No cayó ningún gobierno.
Simplemente, un día dejamos de comprar cosas.
Y empezamos a pagar por usarlas.
Al principio parecía una buena idea.
Música por suscripción.
Películas por suscripción.
Software por suscripción.
Después llegaron los autos.
Los electrodomésticos.
La ropa.
La vivienda.
La educación.
La salud.
Hasta que alguien tuvo una idea extraordinaria:
¿Por qué vender algo una vez si podemos cobrar por ello para siempre?
Y así ganó la suscripción.
Bienvenido a 2056
Despiertas a las 06:30.
No porque hayas programado el despertador, sino porque tu plan de sueño Basic terminó.
La versión Premium permite dormir hasta las 07:00.
Te levantas.
La puerta del dormitorio reconoce tu rostro.
HOME+ FAMILY PLAN — ACTIVO.
Vas al baño.
La pantalla del WC se ilumina.
Ha utilizado 27 de sus 30 descargas sanitarias mensuales.
Puedes comprar tres adicionales por $4.990.
Aceptas.
No tienes alternativa.
En la ducha ocurre algo parecido.
Tu plan incluye cuatro minutos diarios de agua caliente.
Quieres cinco.
Upgrade.
La cafetera dejó de funcionar porque ayer venció Coffee+.
La máquina está físicamente ahí.
Es tuya.
Bueno...
La compraste.
Pero ya nada funciona simplemente porque lo compraste.
Comprar solo te entrega el derecho a comenzar a pagar.
Sales de casa.
Tu automóvil necesita instalar una actualización.
Los asientos calefaccionados están bloqueados.
La navegación requiere Mobility Premium.
Y este mes utilizaste todos los kilómetros incluidos en tu plan.
Puedes comprar kilómetros adicionales.
Por supuesto que puedes.
Siempre puedes comprar más.
Ese es uno de los principios fundamentales de nuestra sociedad.
El Estado todavía existe
Técnicamente.
Hay presidente.
Congreso.
Ministerios.
Elecciones cada cuatro años.
Pero las decisiones realmente importantes ocurren en otro lugar.
Las corporaciones administran las carreteras.
Las corporaciones administran los hospitales.
Las corporaciones administran la educación.
Las corporaciones administran la identidad digital.
Las corporaciones administran las comunicaciones.
Las corporaciones administran las plataformas donde ocurre buena parte de la vida social.
El Estado todavía tiene bandera.
Las corporaciones tienen los servidores.
Y cuando existe un conflicto entre ambos, todos sabemos quién necesita más al otro.
No vivimos exactamente bajo gobiernos.
Vivimos dentro de términos y condiciones.
Ciudadano nivel Gold
La antigua ciudadanía también cambió.
Antes existían derechos.
Ahora existen planes.
Citizen Basic.
Citizen Plus.
Citizen Gold.
Citizen Black.
Basic incluye educación pública con publicidad, atención primaria y diez trámites administrativos mensuales.
Gold permite prioridad hospitalaria, seguridad privada integrada y acceso preferente al transporte.
Black no aparece publicado en ninguna página.
No hace falta.
Quienes pueden pagarlo saben que existe.
La desigualdad dejó de medirse solamente por cuánto dinero tienes.
Ahora se mide por qué partes de la realidad tienes desbloqueadas.
El capitalismo resolvió finalmente un viejo problema
Durante siglos existió una dificultad fundamental.
Cuando alguien compraba algo, la transacción terminaba.
Qué desperdicio.
Fabricabas una lavadora.
La vendías.
Y el desgraciado podía utilizarla durante quince años sin volver a pagarte.
Una tragedia para cualquier gerente de crecimiento.
La economía de suscripción solucionó aquello.
La propiedad era un error del capitalismo primitivo.
El verdadero negocio estaba en el acceso.
No vendas la máquina.
Vende ciclos de lavado.
No vendas el automóvil.
Vende kilómetros.
No vendas software.
Vende usuarios mensuales.
No vendas entretenimiento.
Vende atención.
No vendas una casa.
Vende treinta años de acceso a ella.
Y algún día alguien inevitablemente hizo la pregunta final:
¿Por qué limitar este modelo a los productos?
La vida como servicio
Así nació Life as a Service.
LaaS.
Porque toda distopía corporativa necesita un buen acrónimo.
Tu identidad es una suscripción.
Tu almacenamiento digital es una suscripción.
Tu movilidad es una suscripción.
Tu educación es una suscripción.
Tu seguridad es una suscripción.
Tu salud es una suscripción.
Tu vivienda es una suscripción.
Tu inteligencia artificial personal es una suscripción.
Incluso tus recuerdos están almacenados en la nube.
Dejar de pagar ya no significa perder Netflix.
Significa comenzar a desaparecer.
Primero pierdes comodidad.
Después movilidad.
Después servicios.
Después oportunidades.
Hasta convertirte en una persona con acceso limitado al mundo que te rodea.
No estás preso.
Puedes irte cuando quieras.
Solo que las puertas necesitan una suscripción activa para abrirse.
Y nadie lo vio venir
Eso es lo fascinante.
No llegamos aquí mediante una conspiración.
Llegamos mediante millones de pequeñas decisiones perfectamente racionales.
Era más cómodo.
Era más barato.
Era más eficiente.
Era más escalable.
Era mejor para el flujo de caja.
Cada empresa hizo exactamente lo que debía hacer:
maximizar utilidad.
Cada consumidor hizo exactamente lo que parecía conveniente:
pagar un poco menos hoy.
Y lentamente construimos una sociedad donde nadie necesitó quitarnos la propiedad.
Simplemente dejamos de exigirla.
Game over
Quizás este futuro nunca ocurra.
Probablemente estoy exagerando.
Eso espero.
Pero las buenas distopías nunca intentaron predecir exactamente el futuro.
Intentaron exagerar el presente lo suficiente como para que pudiéramos verlo.
Porque muchas veces el futuro más inquietante no comienza cuando aparece una tecnología aterradora.
Comienza cuando una tecnología conveniente se vuelve indispensable.
Después deja de ser indispensable.
Se vuelve infraestructura.
Y cuando alguien controla la infraestructura que necesitas para vivir, ya no importa demasiado si eres técnicamente libre.
Puedes cancelar cuando quieras.
Eso dicen los términos y condiciones.
Solo recuerda hacerlo antes de la próxima facturación.
Porque en este futuro nadie compró el mundo.
Simplemente terminamos arrendándolo.
