No todos sabemos dónde estamos, pero algunos hemos aprendido a reconocer el fuego cuando finalmente aparece.
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios.”
-Efesios 2:19
Siempre he desconfiado un poco de las personas que aseguran saber exactamente hacia dónde van.
No porque estén mintiendo.
Bueno, a veces sí.
Pero principalmente porque yo he pasado buena parte de mi vida improvisando rutas, perdiendo brújulas y fingiendo que detenerme en una gasolinera era parte del itinerario.
Hay gente que nace con mapa.
Otros nacemos con una servilleta arrugada, tres indicaciones contradictorias y una vocecita interior diciendo:
—Seguro por aquí no era.
Yo conozco bien la sensación de ser forastero.
La conocí cuando intenté empezar de nuevo en Vancouver y terminé descubriendo que cambiar de país no necesariamente cambia lo que llevas dentro. Puedes cruzar fronteras, aprender nuevas calles y pedir el café en otro idioma, pero tus fantasmas tienen una capacidad migratoria impresionante.
No necesitan visa.
También fui forastero cuando cerré mi estudio de animación, cuando llegó la bancarrota y cuando tuve que aceptar que el gran plan maestro de mi vida parecía haber sido escrito por alguien con sueño, resentimiento y acceso ilimitado al caos.
Durante años pensé que pertenecer significaba tener todo resuelto.
Una carrera estable.
Una familia sin grietas.
Una fe sin preguntas incómodas.
Una sonrisa suficientemente convincente para que nadie preguntara demasiado.
El paquete completo.
Pero la vida tiene la mala costumbre de abrir las cajas frente a todos.
Y ahí estaba yo: divorciado, cansado, económicamente golpeado, espiritualmente lejos y con la sensación de haber llegado tarde a mi propia existencia.
Doce años lejos de la fe.
Doce años intentando salvarme solo.
Hay que reconocerme la constancia. No funcionaba, pero yo seguía insistiendo. Como quien empuja una puerta que claramente dice “jale” y, en lugar de leer el letrero, culpa al carpintero.
Yo no estaba buscando una iglesia.
Mucho menos una fogata.
Solo intentaba mantener la cabeza fuera del agua y conservar algo parecido a la dignidad.
Entonces apareció Samantha.
Mi hija comenzó a ir a la iglesia. Después decidió bautizarse. Yo observaba todo desde esa distancia educada que usamos los adultos cuando algo nos conmueve, pero todavía no queremos admitirlo.
La acompañé.
Eso era todo.
Al menos eso me dije.
No pensaba volver a Dios. Solo pensaba estar presente para mi hija.
Pero Dios tiene cierto sentido del humor. Después de años esperando una voz desde el cielo, decidió hablarme a través de una adolescente que simplemente estaba encontrando su propio camino.
Yo creía que la estaba acompañando.
En realidad, ella estaba encendiendo una lámpara para que yo pudiera regresar.
No volví igual.
Eso es importante.
No regresé convertido en el hombre impecable que algunas iglesias imprimirían en sus folletos. Regresé con preguntas, cicatrices, historias difíciles y una alergia bastante desarrollada a las respuestas prefabricadas.
Volví como forastero.
Pero encontré fuego.
No un fuego que exigía explicaciones antes de ofrecer calor.
No una fogata reservada para quienes llegaron peinados, planchados y con todos sus versículos subrayados en el color correcto.
Encontré un espacio donde podía sentarme sin fingir que el viaje había sido sencillo.
Creo que por eso nació Forasteros & Peregrinos.
No para reunir personas que ya descubrieron todas las respuestas, sino para sentar alrededor del fuego a quienes todavía cargan preguntas.
A quienes se fueron.
A quienes volvieron distintos.
A quienes creen, pero algunos días apenas.
A quienes no saben si siguen siendo parte de la familia, pero todavía reconocen el aroma del pan, el sonido de una oración honesta y el calor extraño de una conversación que no intenta corregirlos.
La fogata no elimina el camino.
Tampoco resuelve mágicamente las pérdidas, paga las deudas o convierte las cicatrices en frases bonitas para Instagram.
Pero permite descansar.
Permite escuchar otras historias.
Permite descubrir que no eres el único que se perdió intentando encontrarse.
Eso es lo hermoso de una fogata: nadie tiene que demostrar que merece el calor.
Solo tienes que acercarte.
Quizá llegaste aquí porque también te sientes fuera de lugar.
Tal vez amas a Dios, pero te cuesta entender a su club de admiradores.
Quizá dejaste la iglesia, la fe o esa antigua versión de ti mismo que parecía tenerlo todo claro.
Tal vez estás cansado de caminar.
Entonces siéntate.
No tienes que contar tu historia inmediatamente. Tampoco debes sonreír, levantar las manos ni utilizar palabras espirituales que no sientes.
Puedes llegar con barro en los zapatos.
Con dudas.
Con enojo.
Con una taza vacía.
Aquí hay café.
Hay fuego.
Y, con un poco de suerte, alguien que no intentará arreglarte en los primeros cinco minutos.
Los forasteros siempre encuentran la fogata.
No porque sepamos exactamente dónde está.
Sino porque después de caminar suficiente tiempo en la oscuridad aprendemos a reconocer el calor.
Y quizá eso sea pertenecer:
no llegar al lugar donde todos son iguales,
sino encontrar un círculo donde finalmente puedes dejar de fingir que no tienes frío.
Forasteros & Peregrinos es una fogata digital para quienes siguen caminando, creyendo, dudando y buscando un lugar donde descansar sin tener que fingir.
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Y si conoces a alguien que lleva demasiado tiempo caminando a oscuras, comparte este texto con esa persona.
Quizá no necesite una explicación.
Quizá solo necesite encontrar el fuego.
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