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Aborto: cuando una creencia tuvo que aprender a defenderse

Aug 31, 2026

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En 2014 tuve una de esas experiencias universitarias que uno cree que va a olvidar, pero que años después descubre que terminaron cambiándole la manera de pensar.

Cursaba una clase llamada Estudios de la Mujer. Éramos alrededor de 78 estudiantes al comenzar, pero al final solamente 22 logramos terminarla.

La catedrática, Mariya Napoleaskova, tenía un carácter extremadamente fuerte. Desde el principio dejó claro que los hombres no éramos precisamente bienvenidos en aquel espacio.

Era una mujer radical en sus planteamientos y también en la forma de expresarlos. Hablaba de los hombres con calificativos que muchas veces resultaban incómodos y defendía con mucha fuerza la idea de que no se podía ser verdaderamente mujer sin abrir la mente y comprender lo valiosa que puede ser una mujer cuando decide romper los yugos que la sociedad le ha impuesto.

Era radical con los hombres, pero también lo era prácticamente con todo aquello que consideraba contrario a sus convicciones.

Y aquello hacía que la clase fuera, para muchos de nosotros, un lugar bastante incómodo.

Las primeras semanas fueron fatales.

Los compañeros comenzaron a desertar como ratas cuando se hunde el barco. 😂

Y, para ser sincero, yo también quise abandonar.

Pero no quería darme el lujo de repetir una clase que necesitaba para avanzar en mi pensum académico.

Así que me dije:

“Este es el reto de mi vida. Voy a terminar.”

Y terminé.

Pero ocurrió algo que no esperaba.

Conforme avanzaba el período académico, aquella mujer que inicialmente me resultaba tan incómoda comenzó a mostrar también otra faceta. Detrás de aquel carácter había una persona que, aunque muchas veces no compartía su forma de expresarse, terminó dejándome una enseñanza que todavía recuerdo.

Un día surgió el tema del aborto.

Nadie quería opinar.

Conociendo el ambiente de la clase y el carácter de la catedrática, muchos preferíamos guardar silencio.

Entonces ella dijo algo que se me quedó grabado:

“¿Saben cuál es su mayor problema? Creer en algo y no poder argumentar ni justificar lo que creen. Por eso no es creíble lo que piensan.”

Y ahí comenzó todo.

Aquella frase terminó convirtiéndose en el punto de partida de un ensayo que desarrollamos entre varios compañeros.

Porque entendí algo que iba mucho más allá del aborto:

No basta con tener una opinión.

No basta con decir “yo creo”.

No basta con repetir lo que aprendimos en casa, en la iglesia, en la universidad, en las redes sociales o de nuestros amigos.

Si realmente creemos en algo, debemos estar dispuestos a estudiarlo, cuestionarlo y defenderlo con argumentos.

Han pasado más de diez años desde aquella clase.

Y todavía recuerdo aquella enseñanza.

Por eso hoy vuelvo a hablar del aborto.

Durante mucho tiempo fui contrario al aborto.

Y sigo siéndolo.

Pero hay una diferencia importante entre aquel Fabio de 2014 y el que escribe estas líneas hoy.

Hoy no quiero estar en contra del aborto simplemente porque lo creo.

Quiero poder explicar por qué lo creo.

He estudiado los marcos jurídicos de los países donde está permitido. He conocido argumentos relacionados con los derechos reproductivos, la autonomía corporal, la medicina y las circunstancias sociales que rodean un embarazo no deseado.

Y, curiosamente, mientras más estudiaba el tema, más convencido terminaba de mi posición.

No porque haya encontrado una respuesta sencilla.

Todo lo contrario.

Porque cuanto más se estudia, más evidente resulta que estamos frente a un conflicto profundamente humano: la autonomía de la mujer, las circunstancias del embarazo y, al mismo tiempo, la existencia de una vida humana en desarrollo.

Desde la fecundación existe un nuevo organismo humano en una etapa temprana de desarrollo.

Podemos discutir cuándo debe recibir protección jurídica, qué derechos deben reconocérsele y cómo resolver los conflictos que pueden surgir durante un embarazo.

Pero reducir todo el debate a “es mi cuerpo y yo decido” me parece insuficiente.

Porque en un embarazo no está involucrado únicamente el cuerpo de una persona.

Hay otra vida humana en desarrollo.

Y aquí aparece una distinción que considero fundamental:

Que algo sea legal no significa necesariamente que sea moralmente correcto.

La ley puede permitir una conducta sin resolver por completo el dilema ético que existe detrás de ella.

Tampoco pretendo ignorar las situaciones extremas.

Existen embarazos producto de violaciones, riesgos graves para la vida o salud de la madre, diagnósticos incompatibles con la vida y circunstancias profundamente dolorosas.

No creo que esos casos deban tratarse con ligereza.

Pero precisamente por eso considero necesario distinguirlos.

Que existan casos extremos no convierte todos los casos en extremos.

También me preocupa que, como sociedad, podamos terminar presentando el aborto como una solución sencilla para problemas que en realidad son mucho más complejos.

Pobreza.

Abandono.

Falta de educación.

Falta de apoyo familiar.

Falta de oportunidades.

Miedo.

Inestabilidad económica.

Una mujer que siente que un embarazo destruirá su proyecto de vida necesita ayuda, acompañamiento y alternativas reales.

Y entonces surge una pregunta que para mí es inevitable:

¿Qué clase de sociedad somos si la solución que ofrecemos ante una dificultad es eliminar la vida que está causando esa dificultad?

No digo que todas las mujeres que abortan lo hagan por comodidad. Sería injusto y demasiado fácil afirmarlo.

Digo que debemos ser capaces de preguntarnos si, en algunos casos, hemos convertido el aborto en una respuesta para evitar las consecuencias de determinadas decisiones, cuando quizá deberíamos estar construyendo una sociedad capaz de acompañar a quien enfrenta un embarazo que no esperaba.

Porque una cosa es reconocer el dolor de una circunstancia y otra muy distinta es convertir ese dolor en una justificación automática para terminar con una vida.

No todo lo que podemos hacer significa que debamos hacerlo.

Y no toda dificultad convierte una vida en algo prescindible.

Han pasado más de diez años desde aquel ensayo.

Y hay algo que me resulta curioso.

La persona que me enseñó que una creencia debe ser capaz de defenderse probablemente nunca imaginó que aquella misma enseñanza terminaría acompañándome durante tantos años.

No sé si hoy ella estaría de acuerdo conmigo.

Probablemente no.

Pero tampoco es ese el punto.

Porque aquella clase me dejó algo que todavía considero valioso:

Una convicción que nunca ha sido cuestionada puede ser simplemente una costumbre.

En cambio, una convicción que ha sido cuestionada, estudiada y confrontada puede convertirse en una decisión consciente.

En 2014 comencé a preguntarme por qué estaba en contra del aborto.

Hoy, después de todos estos años, sigo estando en contra.

Pero ahora puedo decir algo que entonces todavía no sabía expresar:

No estoy en contra simplemente porque lo creo.

Estoy en contra porque, después de cuestionarlo, estudiarlo y tratar de argumentarlo, sigo creyendo que la vida humana merece ser defendida, incluso cuando hacerlo resulta incómodo.

Y quizá esa fue la verdadera lección de aquella clase.

No aprender a tener una opinión.

Sino aprender a tener el valor de cuestionarla.

Fabio Rice — 2014 / 2026

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